Que los padres tengan ciertas expectativas sobre los hijos es normal, porque queremos verlos crecer felices y deseamos que sean íntegros y exitosos en su vida de adultos. El problema se presenta cuando esa expectativa está ligada a sueños no cumplidos por parte de los padres. Se da mucho el caso del papá que quería ser futbolista y como no lo logró, exige a su hijo que realice ese sueño por él, o el de la mamá que toda la vida quiso convertirse en bailarina clásica y por diversos motivos vio frustrados sus anhelos, entonces se empecina con llevar a su nena a danzas para ver reflejado en su hija, el cumplimiento de su objetivo.
Si el niño comparte los intereses y preferencias de su progenitor no habría inconveniente porque podría disfrutar de sus actividades, pero cuando no estamos respetando sus gustos y por el contrario lo estamos obligando a hacer algo con lo que no se siente cómodo, estamos originando problemas que quizás recién se manifiesten en su vida de adultos.
Los niños extremadamente exigidos presentan falta de autoconfianza y autocontrol, experimentan ansiedad, miedo y falta de concentración. Los síntomas más visibles pueden ir desde agotamiento físico a problemas de aprendizaje, malhumor, enfermedades de la piel y estrés. (Fuente: Sociedad Argentina de Pediatría).
No nacieron para convertirse en los trofeos de sus padres, nacieron para construir una vida que le sirva a ellos.





